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Yo, Dragón - El dragón dormido

Created on 31/07/2009

   Lander Nassir había bebido demasiado aquella noche, así que tenía la voz pastosa y, en ocasiones, le costaba hilvanar los pensamientos con coherencia. Tampoco es que se esforzara demasiado por mantener la compostura, pues en el ambiente enrarecido y caldeado de El dragón dormido, su comportamiento no resultaba en absoluto estridente. Lo llamativo hubiera sido, por el contrario, que Lander se hubiese mantenido sospechosamente sobrio. Si no bebías en El dragón dormido, es que tenías un problema demasiado grave. Un problema tan grave que ni siquiera eras capaz de beber para combatirlo. Esa clase de problemas que te dejan paralizado, muerto; sobrio.

   El problema de Lander, pues, no era tan serio. Aunque, habida cuenta de las jarras vacías que ya poblaban su mesa, tal vez su problema era más serio de lo que aparentaba. Cualquiera (incluso el más borracho de aquella posada) hubiese intuido que la naturaleza de la preocupación de aquel joven alto, atlético y un tanto desgarbado, tenía relación con el tatuaje de su antebrazo. La clase de tatuajes que se asocian a las casas de adiestramiento para novatos. Sin duda, a nadie le seducía la idea de convertirse en un Matadragones, por muy necesarios que fueran sus servicios en aquellos tiempos convulsos.

   Y en parte, así era. A Lander no le seducía enfrentarse a monstruos tan temibles. Pero sin otra alternativa vital, después de que la herrería de su padre hubiera sido pasto de las llamas (las llamas producidas precisamente por uno de esos reptiles gigantes con tendencia a escupir fuego), la casualidad había hecho que sus pasos acabaran en una de esas casas de adiestramiento diseminadas por Rivellon. En sólo un par de jornadas, Lander abandonaría su vida civil para convertirse en un soldado instruido en el noble arte del dracocidio (aunque en el fondo, después de un entrenamiento tan apresurado, acabaras siendo la misma persona que había entrado: un pueblerino con una espada y un incontrolable temblor de piernas).

   Sin embargo, las zozobras que Lander necesitaba sumergir en la cerveza de trigo no eran las aparentes. Lander tenía preocupaciones más serias a las que atender, incluso más serias de las que supone militar en un ejército popular con menos esperanza de vida que una chispa en el yunque de su herrería.

   Su preocupación, aquélla que le hacía beber y beber, no era evidente para nadie. Porque nadie, jamás, había sido víctima de un problema semejante.

   –Veamos –balbuceó el interlocutor de Lander, un anciano de cráneo pelado y barba blanca mal recortada que había tomado asiento en aquella mesa cuando Lander ya iba por la tercera jarra, quizá buscando ser invitado a un par de rondas–, ¿cómo lo haces? ¿Cómo sucede, muchacho? Quiero decir…  ¿Te duele?

   –No duele. Simplemente… ocurre.

   Lander quiso chasquear los dedos para añadir énfasis a su última palabra, pero por sus venas corría tanto alcohol que apenas acertó a ejecutar un precario baile dedos.

   –Y entonces te transformas. Así sin más.

   –Así sin más.

   –¿En un dragón de verdad? ¿Un dragón como los que asolan Rivellon?

   –Ha acertado usted.

   El anciano sorbió un poco de cerveza antes de añadir, inquisitivo:

   –Eh… ¿con quién diablos mantuvo relaciones tu madre?

 

 

   Desde aquella altura, al tomar aliento se le llenan los pulmones de partículas de hielo. Cuando respira muy hondo, como si absorbiera el cielo con sus fosas nasales, entonces los pulmones bajan alarmantemente de temperatura. Al expulsar el aire de nuevo, el aliento brota de su boca en densas nubes de vapor condensado que se arremolinan alrededor de su cuerpo hasta reducirse en la distancia.

   El dragón surca el cielo, la membrana cartilaginosa de sus alas se agita como si estuviera confeccionada de seda.

   Desde aquella altura, el silencio es sobrecogedor, así que el dragón agradece el fragor del viento colándose por sus oídos. Se siente menos solo allá arriba. Menos solo siendo el único hombre que también era dragón. El único dragón que también era hombre.

   Sus ojos oblicuos únicamente registran el color azul del cielo, tan sólo difuminado por los filamentos blancos de las nubes, como ovejas trasquiladas marchando al compás del viento. Todo se presenta refulgente, porque la pupila del dragón es vertical y se abre extremadamente a lo ancho, admitiendo mucha más luz que un ojo humano.

   Sus músculos se tensan, ejecuta un viraje empleando su cola como timón y desciende suavemente, perdiendo altura a la velocidad sinuosa de una pluma. Todo parece puro, prístino desde aquella perspectiva. Al dragón le gustaría quedarse aquí arriba para siempre, pero eso no es posible.

   El dragón empieza a divisar la tierra entre el mar de nubes que corre bajo su cuerpo. Gana velocidad y en poco tiempo atraviesa las nubes hasta que emerge en un ambiente más cálido. El sol le arranca irisaciones a las escamas que cubren su cuerpo.

   Aquellas zonas del cuerpo que no se hallan cubiertas por esta suerte de armadura de escamas duras como el acero (como el contorno de los ojos o el cartílago de las alas), presentan ligeras retículas vasculares verdosas bajo la piel, también de un intenso verde esmeralda. Como sucede con todos los dragones que durante largo tiempo asolan Rivellon. Dragones prácticamente invencibles, excepto por estos puntos débiles que no están protegidos por esta geometría de pedernal.

 

   –Debe de ser agotador ser tú, muchacho.

   –Más que cargar sacos de cebada.

   –Aunque lo de volar… debe de hacerte sentir el rey del mundo –y le hincó el viejo un codo en las costillas, en tono cómplice.

   Afortunadamente, en El dragón dormido había unos veinte parroquianos que hablaban y reían con ganas, entrechocando jarras de cerveza o canturreando canciones populares. De esta manera, las confesiones que Lander aireaba con esa irresponsabilidad que el alcohol suele inocular en la sangre quedaban ahogadas por el bullicio. Afortunadamente, sí, porque los miembros de la Alianza en Defensa de los Derechos del Dragón tenían mil ojos, diez mil orejas e infinidad de legajos en los que se describían, una por una y con enrevesados argumentos llenos de candidez, las razones por las cuales consideraban inmoral matar o servirse de los dragones. <<Los dragones son seres vivos dotados de conciencia y voluntad>> era el primer artículo de una larga lista.

   Lander rió sin ganas y, a continuación, apuró su jarra de cerveza. Antes de proseguir, una sombra cubrió su rostro:

   –En todo caso, es un error. Lo de transformarme en dragón. Es un error monumental. Porque yo soy un hombre, hijo de un hombre y una mujer. Sin duda es un error.

   –¿Así lo llamas, muchacho? ¿Error?

   –He tratado de llamarlo de otra manera pero no funciona.

   El anciano pidió otra ronda de cerveza levantando su jarra vacía.

   –¿Qué te parece llamarlo <<don>>?

   Lander gruñó.

   –La gente odia a los dragones. O los teme. Los dragones son los responsables de la destrucción de pueblos enteros. Se comen a la gente. No puede ser un don transformarse en lo que odia todo el mundo.

   –Bueno, muchacho, también hay gente que ama a los dragones. Los integrantes de esa alianza que defiende la vida de…

   –A eso me refería con error –le interrumpió Lander–. Un error monumental. La mayoría de gente odia a los dragones. Pero los que no odian a los dragones, entonces odian a los que se dedican a matar dragones. Los llaman asesinos, desalmados y cosas aún peores. Y yo, cuando no soy un dragón, soy un Matadragones. No sé si alcanza a comprender lo que eso significa–. Lander hizo una pausa, esperando alguna reacción por parte del anciano, pero éste parecía tener la mirada perdida en el ambiente: quizá por el alcohol, quizá porque no prestaba demasiada atención a aquel lunático que aseguraba que podía convertirse a voluntad en un dragón. Pero el anciano pretendía que le siguieran convidando a cerveza, así que asintió enérgicamente en cuanto se percató de que Lander esperaba alguna respuesta por su parte, y a continuación levantó los hombros para disimular que había perdido el hilo de la conversación.

   –¿Eso es un <<sí>> o un <<no>>?

   –Disculpa, buen muchacho… –trató de enhebrar el anciano, viéndose de pronto en un callejón sin salida.

   –Imaginaba que no lo comprendería –continuó hablando Lander, demasiado borracho para advertir que el anciano ni lo escuchaba ni creía una sola de sus palabras. –Pero es más fácil de comprender de lo que parece. Si soy hombre, me odian unos. Si soy dragón, me odian otros. Y, para complicar todavía más las cosas, me dedico a cazar y matar lo que también soy, porque lo que soy destruyó la herrería que heredé de mi padre. Y mi padre fue víctima de lo que soy… y…

 

 

   El majestuoso dragón planea sobre las llanuras de Rivellon. Deja atrás los lentos meandros del río que alimenta un gigantesco lado por su costado meridional. Deja atrás la espectacular cascada de más de veinte brazas de longitud.

   Desde aquella altura, el campo recuerda a uno de esos cobertores para el invierno que las mujeres cosen con restos de diferentes telas. Como un mosaico de tierras de distinto color. Como un inmenso tablero de ajedrez en el que no hay escaques blancos y negros, sino una infinita gama de grises, verdes, marrones, azules. El tipo de mundo por el que Lander se conducía con cuerpo de monstruo y alma de héroe, en un juego de estrategia en el que no era nada sencillo dilucidar quién servía en el bando del Bien y quién, en el del Mal.

   Una remota cadena montañosa, empequeñecida por la distancia, pone límite al horizonte. Desde aquella altura, los detalles pierden definición, todo parece más homogéneo, hasta el monte más escarpado, como si un ebanista lo hubiera repasado con su garlopa con mucho esmero.

   Desde aquella altura, todo era más fácil. Así que el dragón se dedica simplemente a planear, demorando la llegada a su destino. Pero hierran de medio a medio los que consideran inmenso el mundo. Un dragón, en apenas un par de jornadas de vuelo rápido, puede alcanzar cualquier frontera: sólo precisa encontrar una corriente ascendente y subir con ella en espiral hasta llegar a la altitud adecuada. Luego, simplemente planear. Así pues, no es que el mundo fuera inabarcable, sino que las acémilas y los caballos son lentos. Por esa razón, el dragón no tarda en atisbar su destino, por mucho que trata de retrasarlo. Su destino es Puerto Newt, un pueblucho que ni siquiera llega a la categoría de pueblucho. Más bien es un muelle de piedra legamosa. Pero también es su lugar de nacimiento. El lugar donde su padre mantuvo aquella herrería que, un día, fue pasto del fuego. Su fuego.

   El dragón necesita dormir. Pero antes, el dragón también necesita una fría jarra de cerveza de trigo. O quizá dos. Y para ello, el dragón debe antes regresar a su apariencia humana.

 

 

   –No sé. No puedo hacerlo. No me siento capaz de cazar dragones. Es denigrante. Sencillamente no puedo. Hágase la idea de que para mí es como ser una gallina ponedora que se dedica a recoger los huevos de otras gallinas para luego venderlos en el mercado. Y que luego cena gallina asada. Y se disfraza de gallina. Y canta <<kikiriki>>.

   –Pues no lo hagas, muchacho. No persigas a los dragones.

   –¿Qué es esto? ¿Psicología inversa? Se supone que debe ayudarme. Convencerme de que siga adelante con mi trabajo porque es muy importante para el futuro Rivellon.

   –Pues entonces… hazlo. Continúa matando dragones.

   –Sin duda no es usted de gran ayuda.

   –Lo digo muy en serio, muchacho. Yo me dejo llevar como una hoja en un río caudaloso. Es mi filosofía de vida. Dejarse llevar. Porque, hagas lo que hagas, todo acabará saliendo mal, aunque parezca que sale bien.

   –Es una cláusula estoica un tanto deprimente, ¿no cree?

   –Brindemos por eso, entonces.

   Ambos entrechocaron sus jarras y apuraron su enésima cerveza de trigo.

   Todas las ventanas de El dragón dormido estaban protegidas por rejas con forma de malla romboidal. Un detalle éste que evidenciaba que Rivellon no era un lugar seguro desde que se habían desencadenado las cruentas batallas contra Damian y los dragones. Otra señal que contribuía a reafirmar esta sensación funesta es que todas las mesas, invariablemente, se hallaban decoradas con palabras o dibujos labrados a cuchillo: todos los parroquianos, hasta el más pacifista, ya no salía de casa sin un arma. Porque la amenaza acechaba en cada esquina. Sin armas, estabas muerto.

   La última seña de identidad de El dragón dormido (y que también hacía honor a su nombre) era el enorme esqueleto reptiliano que pendía del envigado de la sala principal. Un esqueleto casi completo de más de quinientos huesos, que incluso conservaba las púas queratinosas, ancladas a lo largo de la espina dorsal mediante ligamentos. Muchos creían, sin embargo, que aquella enorme columna vertebral de la que surgían costillas como cuadernas de un barco, otorgando así un aire esencialmente ominoso al ambiente de la posada, en realidad era una falsificación. Como el armante de uno de esos gigantones que se usaban en las ferias. Pero quienes conocían al tabernero, ex cazador de dragones, sabían que la osamenta de aquel ejemplar de dragón había constituido su última presa; y que con ella se había jurado que jamás volvería a ser un hombre de acción. Su parche en el ojo y su brazo chamuscado, de piel acartonada, en la que ya no prosperaba el vello, ofrecía más pistas sobre los orígenes casi totémicos de aquel ejemplar de dragón, dormido para siempre. Pistas para los hombres observadores.

   <<Un hombre observador es, de alguna forma, como alguien que domina la telepatía>>, solía repetirse Lander para arrancarle a su atípica habilidad para leer los pensamientos su aureola de maldita. Ya tenía suficiente con asumir que también era capaz de transmutarse en un monstruo como el que colgaba, oscilante y amenazador, de la techumbre de la taberna.

   Lander sólo aspiraba a ser un hombre normal, evitando en lo posible llamar la atención. Pues se conoce que el fruto podrido se acostumbra a sacar del barril y se arroja lejos por temor a que pudra el resto. Si bien era cierto que, cuando bebía demasiado, entonces Lander aspiraba a ser todo lo contrario, y entonces se convertía en un hombre orquesta que exhibía sus habilidades y se pavoneaba de sus hazañas, incluidas las más extravagantes, como la de ser capaz de leer mentes o la de escupir fuego por la boca.

   Si el alcohol no embotara hasta aquel punto el sentido común de Lander, entonces hubiera descubierto, buceando en la mente de su interlocutor, que éste sólo fingía prestarle atención para ser convidado a unas cuantas rondas. Habría descubierto que aquel anciano lo consideraba un lunático y un borracho. Y también habría descubierto, examinando las mentes de otros parroquianos, que alguien estaba siguiéndole los pasos, observándole muy de cerca. Pero el arte de leer mentes era difícil de controlar, máxime si andaba cerca una jarra de cerveza de trigo.

 

 

   Cuando vuela transformado en dragón, a Lander le gusta desafiar las leyes de la gravedad, ejecutando piruetas imposibles, vuelos rasantes y otras maniobras aéreas netamente insensatas que harían contener el aliento de cualquier hombre valiente. Sin embargo, está demasiado cerca de una zona poblada y debe entonces proceder con sigilo. Así que toma tierra tras un promontorio de roca arenisca y se guarece en una especie de cueva natural para regresar a su forma humana.

   Antes, no obstante, se dispone a vomitar una lengua de fuego. Le encanta el siseo amenazador que se origina cuando echa aliento entre los dientes cerrados como un cepo. También romper la barrera del sonido con su cola, que restalla en el aire como un látigo. Pero nada le hace sentir más hombre, más dragón que disparar una gran bola de fuego a través de las fauces. Un fuego capaz de calcinar la armadura más resistente. Un fuego que deja en ridículo al fuego que su padre empleaba para moldear el acero.

   Después de elevar unos cuantos grados la temperatura del aire de aquella cueva natural, el dragón se transmuta entonces en el cuerpo de Lander Nassir, aprendiz de Matadragones: se angostan la carne y los huesos, se adelgaza la poderosa quijada, se retraen las púas y la lengua bífida, la punta afiladísima de los dientes se vuelve roma, los ojos se desprenden de sus membranas nictitantes.

   Lander agradece el aire caliente, porque su cuerpo está totalmente desnudo. Antes de dirigirse a El dragón dormido, pues, recuperará la muda de ropa que había ocultado bajo una piedra.

 

 

   –¿Y qué se siente?

   –¿Cuándo?

   –Ya sabes, muchacho. Cuando bostezas y el árbol que tienes delante se convierte en una tea gigante. ¿Es como los funambulistas del circo ambulante? ¿Los que se tragan una botella de licor y luego escupen su contenido sobre una antorcha encendida?

   –Multiplíquelo por mil. Sobre todo, se siente dolor, pero un dolor que te hace sentir poderoso. Como si la garganta se anudara con un lazo de ortigas. O algo así. Ya me entiende.

   Fue la mejor analogía que a Lander se le ocurrió. Sin embargo, si hubiera dispuesto de las habilidades retóricas de un poeta, quizá hubiera expresado algo como lo que sigue: <<Percibes en el estómago esa acidez que sucede tras una copiosa cena, que asciende por el cuello desde las simas estomacales, desgarrándote las entrañas como el vástago que nunca quisiste concebir.>> Afortunadamente, Lander no era muy ducho con la pluma y eso le ahorró a su contertulio un exceso lírico precariamente declamado por los vapores del alcohol.

   –Me duele la cabeza –dijo entonces Lander frotándose las sienes–. ¿Tiene algún remedio para silenciar los golpes de yunque de mi cabeza, por casualidad?

   –¿Tengo aspecto de brujo, muchacho?

   –¿Si le digo que sí, me quitará el dolor?

   –Muy gracioso, muchacho, muy gracioso. ¿Sabes cómo se curan los excesos de la bebida? ¡Con más bebida! ¡Posadero, otra ronda!

   –No sé si podré…

   –Claro que lo harás. La cerveza de trigo es un remedio excelente para no pensar. Y a ti te duele la cabeza porque barruntas demasiado, muchacho. Seguro que también has estado usando demasiado ese otro don tuyo… el de leer mentes. Es más, estoy convencido de que ahora mismo me estás leyendo la mente, ¿verdad?

   El anciano dijo todo esto con un timbre paródico en la voz que hubiera resultado evidente a Lander si conservara sus facultades intactas. Pero con el alcohol, no sólo era incapaz de leer mentes sino incluso leer expresiones faciales o tonos de voz.

   El tabernero les dejó sobre la mesa dos jarras más y ambos continuaron bebiendo y hablando en mitad de la barahúnda creciente de El dragón dormido.

   –Vamos, muchacho, explícame más cosas. Eres el compañero perfecto para esta clase de noches.

   –¿Qué clase de noches?

   –No importa. Dime, ¿leer mentes es divertido?

   –En absoluto. Acostumbras a sentir vergüenza ajena, como si vieras a los demás desnudos.

   –¿Como verlos desnudos? Entonces no es nada divertido, no, excepto cuando se sitúa ante ti una bella doncella.

   –Hablo en serio.

   –¡Yo también hablo muy en serio, muchacho!

   –Bien… aunque reconozco que hay una ventaja. Ya no te sientes nunca un estúpido, ni un mezquino, ni un egoísta, ni un retorcido. Porque descubres que la gente que te rodea también lo es, tanto o más que tú, aunque se esfuerce a cada instante por disimularlo.

   El anciano dudó por un segundo, como si hubiera sido descubierto de repente cometiendo algún desliz.

   –¿También lo crees de mí, muchacho? –le tanteó.

   –También de usted, sin ánimo de ofenderle. Pero no necesito leer su mente para comprobarlo. Su comentario sobre la bella doncella ha dejado paladina constancia de ello.

   El anciano tardó unos segundos en captar la retranca de aquellas palabras. Sin duda, cruzado cierto umbral, Lander se volvía más ingenioso a medida que bebía cerveza de trigo. Y también mejoraba su sentido del humor. Los problemas quedaban lejos, también los padecimientos o los recuerdos luctuosos. Ahora Lander se sentía el protagonista de la posada. Una sensación totalmente injustificada que, sin embargo, tenía mucho sentido para una mente enturbiada por el alcohol. Por esa razón, Lander empezó entonces a lanzar miradas entre desdeñosas y escrutadoras a su contertulio, y a falta de una pipa o una cachimba de espuma de mar que llevarse a la boca, mordisqueaba un palo de regaliz, imprimiéndole a la mandíbula esa tensión de los que se proponen ejecutar un mandoble de espada. Sus ojos también estaban entrecerrados y, cuando los abría mucho para enfatizar alguna palabra, le brillaban, como si estuviera sufriendo los efectos lacrimógenos de un humo inexistente.

   –No se le puede pedir a un pájaro que no vuele –entonaba Lander con la mirada perdida en las alturas–, no se le puede pedir a un pez que no nade, no se le puede pedir a un dragón que no escupa fuego. Y destruya casas. Y se coma a la gente. ¿Me explico?

   –Muchacho, creo que deberías dejar de empinar el codo. Algún día me lo agradecerás.

   –¿Quiere apostar por ello?

 

 

   Lander llegó a la posada ya entrada la noche, tras haber recorrido un sinuoso camino embarrado. El dragón dormido tenía un aspecto deplorable: la paja del techo mal tejida, los balcones de madera carcomida, las puertas desvencijadas. Pero era el único lugar de aquel pueblucho dónde aún se atisbaba luz.

   De noche, los olores del lugar se intensificaban, colándose por las ventanas, y Lander, que aún guardaba en su cuerpo reminiscencias de su naturaleza reptiliana, los captaba con especial intensidad. Concretamente diferenciaba dos olores. El de la hierba segada y el de boñiga reciente.

   Tomó asiento en una de las mesas que no estaba ocupada por algún borracho desdentado y pidió su primera jarra de cerveza de trigo. Aquel día, la posada estaba llena. Quizá los parroquianos celebraban que, un día más, estaban vivos y podían contarlo. Lo cual ya era mucho en Rivellon.

 

 

   –¿Ya le he confesado que soy capaz de transformarme en dragón? –preguntó Lander con la voz pastosa.

   –Muchacho, ya es la segunda vez que lo haces. Empiezas a preocuparme.

   Allí todos hablaban a voz en cuello y se carcajeaban sin motivo. Pero una mujer que se sentaba en el otro extremo de la sala observaba muy seria a Lander y a su contertulio. Parecía que pudiera cazar alguna palabra de la conversación entre ambos. En un momento dado, hizo un gesto superfluo de arreglarse el peinado, de ahuecarlo tal vez, de darle cuerpo. Y es que su pelo merecía todas las atenciones que pudiera procurarle, pues era una exuberante cascada de rizos rojos.

   El jolgorio creciente también ahogaba la pieza musical que trataba de interpretar el músico que el posadero había contratado aquella noche. Bien, estrictamente, no mediaba relación contractual alguna entre ellos, pues el músico había se había ofrecido a cambio de nada para tocar el laúd. <<De este modo, amable posadero, podré labrarme una reputación>>, fue lo que había referido aquel individuo atildado de cuyo sombrero cimbreaba una pluma de faisán tornasolada. El posadero, entonces, no tuvo más remedio que aceptar: no perdía nada con ello. No obstante, el músico tañía el laúd con tal entusiasmo que bien parecía que le hubieran prometido una bolsa de oro al final de su actuación. No importaba que el público apenas le prestara atención. Sólo le importaba el laúd.

   Pero lo cierto es que un hombre observador habría detectado que algo fallaba en aquel músico (así como en la mujer que se arreglaba incansablemente su cabellera roja en el otro extremo de la sala). Aunque a primera vista pudiera parecer que el músico se esforzaba en digitar un enrevesado diminuet, digno de los músicos ejecutantes más virtuosos, en realidad sus ojos y sus orejas se hallaban focalizados directamente hacia Lander y su conversación.

   Sólo esa conversación había atraído al músico a aquella posada que mostraba propensión a las riñas tumultuarias. El buen observador se daría cuenta de que el músico llevaba tiempo siguiendo los pasos de Lander.

   –No tengo por qué aguantar que esos personajes que defienden la vida de los dragones me llamen asesino y opresor –seguía vociferando Lander–. Ni hablar. Soy un dragón, ¿quién mejor que yo puede saber lo que se siente al ser exterminado por hombres? Además, ¿saben todos esos zangolotinos que si tú no matas al dragón, entonces el dragón te comerá a ti y luego escupirá tus huesos sin ningún tipo de remordimiento de conciencia? No lo saben, claro. Porque su razonamiento no ha llegado hasta ese punto.

   El anciano, consciente de que era imposible cambiar de tema, se dejó llevar por la conversación. Ahora que él también había bebido demasiado, incluso empezaba a tomarse en serio las preocupaciones de aquel muchacho, por muy descabelladas que sonasen.

   –Tú sólo ves el aspecto negativo de la situación –empezó el anciano en un arrebato de facundia–. Seguro que al mirar una tarta de manzana, sólo ves que tarde o temprano, tras ser ingerida, se convertirá en excremento maloliente. Yo, por el contrario, veo que la tarta se convertirá en energía para mis músculos, en ideas para mi cerebro, en voluntad, en vida. Tú sólo ves estiércol. Yo veo la rosa que crecerá en ese estiércol.

   –Eh… –titubeó Lander–, ¿se supone que la tarta soy yo y que los excrementos son el dragón en el que me transformo?

   Las conversaciones y la música se prolongaron hasta tarde. En la atmósfera de El dragón dormido flotaba un permanente humo y un tufo agrio a cerveza de trigo que convertía aquella posada en el último lugar del mundo.

 

 

   Casi al amanecer, Lander subió a su cuarto. Ya casi nadie quedaba en pie en El dragón dormido. Su cuarto era humilde pero limpio. En una esquina, por todo baño, tenía un mueble palangana con jofaina de esmalte blanco. Con pasos bizcos, finalmente Lander cayó como a plomo sobre su camastro. Si momentos antes de dormirse hubiera hecho memoria de la perfecta correlatividad de todos los detalles, señales o inferencias que un buen observador hubiese acabalado en la posada en el transcurso de aquella noche, tal vez hubiese sospechado que no era buena idea permanecer por más tiempo allí. Pero Lander no había capturado ninguna de esas pistas, y a su cuerpo apenas le quedaban fuerzas más que para cerrar los párpados.

   La mujer de pelo rojo, el músico que se esforzaba por tañer el laúd, las mesas labradas con dibujos y palabras, las ventanas protegidas por rejas... todo ello quedó diluido en un sueño profundo.

   Un sueño profundo que no tardaría en ser interrumpido por una voz. <<Quiero tu sangre>>. Una voz que Lander no supo si tenía un origen onírico, telepático o real. <<Quiero tu sangre>>. <<¡Quiero tu sangre!>>.    

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Comments on the chapter
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Divinity2 says:
10 months ago
Hola Arwina, participar es tan sencillo como escribir un capítulo del libro a continuación de cualquiera de los que ya hay escrito. Tan solo debes respetar los personajes y escenarios descritos en las bases del concurso, así como las normas del mismo. Tanto en la Home principal como en el prólogo del libro tienes toda la información al respecto.

En cada capítulo abierto encontraras en la columna de la derecha una opción que pone "Acciones" dentro de ella tienes varias opciones a tu elección entre las que se encuentran "crear otro camino" o "escribir una continuación".

Un saludo.
Arwina says:
11 months ago
Increíble :), me ha gustado muucho!! y la verdad es que a mi también me han entrado ganas de participar, pero no encuentro la manera de hacerlo snif es que soy nueva por aquí y aun no se como a que botón hay que darle para participar ^^..
Te dejo tus cinco estrellitas.
Saludiis
jaw says:
11 months ago
Muy buen comienzo. Esto promete.... Voy a participar.
11 months ago
Muy amable, Libelula. Me alegro de que hayas disfrutado con el capítulo. A ver si te animas a continuarlo ;)
Libelula says:
11 months ago
Estoy maravillada. No te he votado más estrellas porque no había más ;-)
¡Qué bien escribes Sergio! Ojalá podamos disfrutar de tu maravillosa habilidad durante mucho tiempo. Mis felicitaciones y bienvenido a soopbook.
Book details
Yo, Dragón
| scope Contest
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| book type
11 months ago
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| 15 Paths |
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