Created on 27/11/2008
Cuando decidí entregarme no pensé que fuera a ser tan complicado. Me sentaron junto a los demás "aspirantes" y tuve que esperar una hora antes de que me entrevistaran. Me metieron en una habitación muy oscura. Aquello no parecía una sala de interrogatorios y allí no estaba el famoso detective encargado del caso. Aquél tipo había conseguido su fama gracias a mí y ahora no podía perder ni un minuto interrogándome. En cierto modo lo entiendo. No pueden acusar al primer chiflado que se presente diciendo: ¡Yo fui, yo lo hice! ¡Soy culpable! Así que esperé, me senté y me dispuse a alegrarle el día a cualquiera que quisiera interrogarme. Un chico joven entró en la habitación. Se notaba cansado, probablemente llevaba toda la mañana haciendo las mismas preguntas a miles de grillados. Pero él no era el único que estaba interrogando, que yo supiera en estos momentos se estaba interrogando en otras salas a otros tres supuestos destripadores. Como ya he dicho esta ciudad está llena de chiflados. Pobre chico, me dio lastima, para él sería como cantar el premio gordo. Cuando comenzara a preguntarme y yo le diera los datos correctos, su cara de felicidad compensaría toda la mañana de intenso trabajo. El chico empezó a hacerme preguntas algunas eran muy complicadas y yo no me acuerdo de todo. ¿Donde puso el cadáver de Mary Ann? ¿Le cortó las manos a todas? ¿La chica del estanque era Vanessa o Clarissa? Yo no sabía los nombres de aquellas chicas y no recuerdo si les corté las manos a todas. Creo que le dejé la mano derecha a una de ellas, no recuerdo cual. Aunque tampoco estoy muy seguro de eso. Le expliqué mi forma de trabajar y los métodos que usaba, pero no sirvió de nada porque todo aquello había salido en los periódicos. Fue una contrariedad, yo nunca leo los periódicos, si los hubiera leído, quizá me hubiera servido para refrescar la memoria y hubiera sabido lo que tenía que decir y lo que no. Además con eso me habría aprendido los nombres de las chicas. Por mucho que intenté convencer a aquél joven no hubo manera. Los dos estábamos cansados, sobre todo él, así que decidí dejarlo y volver a casa. Al salir de la sala me sentí como si acabara de suspender un examen. Recorrí el pasillo con la cabeza agachada y mirando de vez en cuando a los que esperaban su turno. En la fila reconocí a un viejo amigo que no veía desde hacía tiempo, me detuve y charlamos un poco. El pobre estaba convencido que de él era el asesino. Le deseé suerte y me marché a casa.